Tirado en un rincón del servicio de urgencias, un envejecido hombre, que podría tener treinta años, se retorcía en bruscas sacudidas, mordiendo su lengua, ahogándose en su propia saliva espesa, mientras el equipo de médicos y enfermeras trataban de auxiliarlo.
Superada la convulsión se veía en un estado de tranquilidad que asombraba. Su pelo sucio, pegado, hablaba por si solo del descuido en que se encontraba, su ropa maloliente, con cicatrices de múltiples y repetidos traumas en el rostro dibujaban su vida como una interminable cadena de sufrimientos; el hambre marcaba su cuerpo. Su mendicidad, el respeto perdido por si mismo eran terriblemente evidentes.
Me acerqué a el para brindarle abrigo con una pequeña cobija roída; permanecía en silencio con su mirada huyendo de la mía. En voz alta me pregunté: --¿Cómo puede uno vivir así?—mientras con la mano sostenía el peso de mi frente moviendo la cabeza en un gesto de negación y de impotencia.
De pronto, a penas, le oí susurrar: ¡Dios está conmigo!
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Sigo pensando en el “desechable” y en Dios... sin hallarle sentido. Quizá, el hombre del rincón del servicio de urgencias, lo haya encontrado.
Ragde
Justicia
A la intolerancia
¡Impactaba!. Un sentimiento de desconcierto y pesar me embargaban al ver sobre la camilla el cuerpo de aquel hombre joven, casi desnudo; las múltiples contusiones en su piel y sus heridas me mostraban aquella escena que quizá ocurrió así:
“Luego de intentar robar a un taxista dos hombres huían por la calle oscura, tras ellos tres personas los perseguían y a lo lejos los faros de más y más vehículos los acorralaban; les dieron alcance y los apresaron. Con toda la rabia que había alimentado la muerte de dos compañeros en las últimas semanas alguien lanzó un puñetazo que al estrellarse en el rostro del hombre rompió su nariz; la sangre, el dolor y un quejido invadieron la noche. Como un detonante aquel golpe inicial se siguió de otro y otros muchos mas –dos heridas en la cabeza, sin una fractura asociada, equimosis y contusiones en cara, más de veinte a treinta contusiones en el tronco, excoriaciones en los brazos y piernas... así se llenó en el reporte médico-. Como si fueran lobos en caza la turba enfurecida golpeaba a punta de puño, garrote y pata, a los hombres que caían, resbalaban, volvían a incorporarse para intentar escapar... hasta que no hubo gritos, no hubo más lamentos y el cuerpo de uno de los hombres rodaba a patadas en un macabro juego de pelota de trapo. Ahora no había rabia, ni euforia; sólo tenían un problema... que fue solucionado lanzando el cuerpo a un lote baldío. Todo terminó, la policía traía el cuerpo de aquel hombre al hospital, donde tirado en aquella camilla, sin precisar de palabras, contaba a todos esta historia de violencia, venganza, intolerancia, odio y muerte”.
Ahora pienso en este caso. Sin buscar ser juez, especulo: ¿y si se hubieran equivocado?... ¿y si un hijo suyo hubiera pasado por allí, en el lugar y sitio inadecuado?... ¿dónde está lo correcto?... ¿la rabia colectiva está por encima de la justicia?...
El cadáver se trasladó a la morgue, para iniciar la investigación de otro homicidio... mientras, aquellos verdugos saben que el agua y el jabón no conseguirán limpiar sus manos asesinas.
Ragde.
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