A Carlos Salazar y su alma de Pediatra
Llegas al séptimo semestre de la carrera con tres alternativas:
1. Te gustan los niños y deseas conocer su mundo, su patología y el dinero de sus padres.
2. Te disgustan los niños, sabes que lloran hasta cuando están contentos; Deseas y/o necesitas pasar el semestre, con la esperanza que el próximo es cirugía.
3. O te es todo indiferente y sigues estudiando sin importarte mucho el asunto… como todos los semestres, como todos los días, como siempre lo haces.
Pero, como parte de tu futura consulta estará ocupada por niños –a menos que se te ocurra ponerle censura al consultorio y que éste sea exclusivamente para adultos -como en los cines- entonces, deberás estudiar NIÑOS y aprender a tratar NIÑOS. Aprender a tener algo de Pediatra.
Tomando algo de cada uno de tus docentes trataré de hallarlo:
- Ante todo se requiere una gran dosis de cariño. El doctor Duque te demuestra lo bello de la Pediatría, te muestra el cariño con que debes tratar a estas personitas… pero, no sólo de amor vive el hombre.
- Podrías agregar a esto las enseñanzas del doctor Ospina, quien te ubica en el medio en el cual puedes llagar a desenvolverte y te muestra cómo debes trabajar de acuerdo a los medios de los cuales dispongas… Ya estás trabajando con cariño en cualquier parte.
- Debes bajarte de esa nube en que habitaste en Medicina interna. El doctor Guzmán te muestra al médico “buena-gente”, a quien es fácil llegar… Con esto, ya has logrado llegar a la familia de un niño, de cualquier parte, a quien tratarás con cariño.
- Debes conocer sobre la población que te consulta, debes entender que no sólo con fármacos los puedes curar. El doctor Bedoya te mostrará al niño maltratado, te dirá que de nada sirven tus recomendaciones estereotipadamente recetadas en un papel incomprensible, si no hay una familia para la cual el niño sea importante… Así pues, ya tratas niños de cualquier parte, con cariño y llegando a la familia que seguirá tus consejos porque creerán que su hijo es importante.
- Muchos de los que no se hacían remedios para sus males, porque nunca creyeron en sus médicos, debieron lamentarse de esto el día de su funeral. Debes infundirle a la gente que sabes lo que estás haciendo, debes aprender del doctor Buitrago la habilidad de hablar y convencer… Para que así, los niños de ese lugar apartado, sean traídos por las familias, a las que hiciste ver que sus hijos eran importantes y vean a los niños más lindo y más sanos después de salir de la puerta de tu consultorio.
- Si deseas ser docente, algún día, sé como el doctor Racines: sé todo un caballero; aprenderás de él a tratar bien a la gente y a los estudiantes, son estudiantes y tienen errores los cuales deberás ayudar a corregir, si ellos llegaran con toda la Medicina aprendida, no tendría sentido que existiera la facultad. Y no es que seas “Madre”, sólo sé correcto. Observa y aprenderás.
… Y sobre todas las cosas, estudia mucho. Ellos no te enseñarán, tú aprenderás que no es cuestión de dar a los niños la mitad de las pastas que das a los adultos.
…Y si persistes en tener algo de pediatra, recuerda que primero serás PADRE.
Ragde VIII. Manizales, febrero de 1987.
¿Serán locos... los cuerdos?
Los muros se cierran tras de mí. Luego de traspasar aquella puerta me veo con mi bata blanca, con mis ojeras y mi cansancio; me veo en este amplio salón donde sus moradores deambulan de un lado a otro. ¿A dónde van?, me pregunto a sabiendas que la respuesta es: ¡A ninguna parte!... porque los hemos encerrado, aquí, lejos de la gente, para que aprendan a vivir con los demás. Me siento como si fuera uno más de ellos, como si les perteneciera.
Es absurdo, tratamos de aislarlos de los demás, tratamos de apartarlos de la realidad, aún cuando sus mentes hace ya mucho tiempo que lo han conseguido. Todo un universo liberado por la locura... sin cadenas que los aten al mundo real, viven y sueñan en el mundo de su demencia, sin saber diferenciar entre sueño y realidad; hasta que una vez “curados”, deban regresar a su cotidiana realidad, a esa misma realidad de la cual escaparon aquel día en que los empezaron a llamar: LOCOS.
Es cuando me pregunto: ¿Serán locos, los cuerdos?
Ragde
Lógica quirúrgica
Uno debe estar preparado para lo peor en una cirugía –hablaba en ronda el doctor Alberto Gómez- Estaba lavándome las manos para realizar una apendicectomía. Mientras pensaba en el procedimiento, me molestaba la taquicardia del paciente... Bueno, cuando hice la incisión apareció un sangrado abundante, se me vino a la mente la idea que me molestaba de la taquicardia. ¿Qué tenía el paciente? –abrió la pregunta a los estudiantes que atentos escuchábamos el caso-.
Me apresuré a contestar:
-¡Una hemorragia, doctor!
La risa fue general. Finalmente la pregunta dio la vuelta y antes que nuestro docente contestara, traté de salvar lo que quedaba de mi reputación:
-Un aneurisma aórtico roto... doctor.
Ragde VIII.
170287 09:45horas. En ronda de Cirugía.
Queja
La mañana despierta al sentir la leve caricia de los rayos del sol. Comienza la difícil, debo decir, titánica tarea de levantarme: mis párpados niegan abrirse, mi piel se eriza al sentir el frío y he de empezar a maldecir. Superada esta tarea he de bañarme –no lo quiero recordar-. Así, bañado, desayunado y peinado llego al anfiteatro y en forma rutinaria me pongo la bata, para quedar uniformado y Diego no me saque de allí.
Llega el Doctor –por quien toda forma anatómica es conocida; así, que la toma, le da vueltas y lee mil cosas en ella escritas.
MI QUEJA: Al llegar al cadáver, todos, en una lucha campal, nos esforzamos por: al lado del Doctor, quedar. Explica, entonces, las relaciones, trayecto y dirección de la arteria Mayor. Hay exclamaciones, asombro y emoción. Todos, menos... yo; que por mi escaso tamaño nada alcanzo a mirar y aún parado en las bancas, tan solo batas blancas alcanzo a divisar. Acaba la clase el excelente profesor, todo queda aprendido y mañana es lección. ¿Qué voy a contestar, yo?
Señor estudiante: ¿qué curso, trayecto y dirección tiene la arteria Mayor?
No sé... Doctor.
¿Qué pasa? ¿Acaso no expliqué eso, yo?
Si, Doctor. Pero, con tantas batas blancas, con tanta emoción... las nalgas de una compañera, sólo alcancé a ver, yo.
Lo siento joven –dice conmovido el Doctor- pero que usted sea enano... no tengo la culpa, yo.
Ya ven ustedes el motivo de mi queja... ¡soy enano, señor! Me he quejado al cura, al profesor y al rector. La culpa no la tengo, tampoco, yo... ¿Será un defecto de fabricación?
Ragde. Manizales, mayo de 1984
Apuntes para una historia titulada:
Ante Raad
Una enorme masa de conocimientos se acerca hacia ti; pretendes ignorarla, pero está en frente, acusándote con preguntas sueltas sobre aquel tema que debiste haber preparado la noche anterior y al cual sólo diste una ligera leída. En ese instante de silencio, que te ha perecido una eternidad, has logrado hacer llegar a tu mente mil posibles respuestas que van siendo decapitadas con la misma rapidez con que han surgido. El continúa mirándote, fijamente, sólo a ti... eres el blanco donde inciden sus preguntas, hasta podrías considerar que así debió sentirse Edipo al enfrentara la Esfinge –eso ya es algo-; sin embargo, no has contestado, aún. Es cuando madura una gran idea que trata de salir en una desesperada carrera de tu garganta... pero, es tarde ya que la pregunta a saltado a tu compañero, el cual estará ahora igualmente confundido.
Te sientes más tranquilo porque su sombra se ha ido. Pero, sigue en clase. Entonces, aparece la pregunta que sabes y tu mente no logra contener la respuesta que abortivamente estalla en el silencio. Nuevamente, esa mirada te acusa y a fin de contener tus ansias de respuesta, de reivindicarte contigo mismo, de mostrar que algo sabes, pronuncia: ¡No quiero escuelitas!. Tú, callas, porque tus compañeros han empezado a reír –al igual que tu también reíste alguna vez-.
La clase continúa, las preguntas que una y otra vez van invadiendo el espacio sepulcral de tu conocimiento, llegan a ti siendo resueltas en silencio... pero, una de ellas vuelve a chocar contra ti; al levantar la mirada lo ves venir. Ahora, es diferente, el caso es hipotético así que puedes responderle. Dices algo ridículo y aquella gigantesca mole de saber, lo transforma, tratando de que tu ridícula respuesta suene divertida. Todos ríen, al igual que tu también lo haces... sólo que ahora ríes de ti mismo.
Acabada la clase, sientes que has comprendido el tema, que lo debes releer y que mañana... mañana será otro día.
Ragde IV
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx
Semiología
A, Francisco J. Portilla
Aquel estudiante, mezcla extraña y heterogénea de cadáver, laboratorio y biblioteca; debido a la inercia del paso del tiempo, se encuentra involucrado en una parte de la medicina que algunos decidieron llamar: Semiología.
Para él, “Básicas” se convierte, improvisadamente, en un gran rompecabezas cuyas piezas, entregadas una a una a través de los diferentes semestres, deberá reunir y acoplar frente a una persona indiferente, que hasta ahora conoce y que recibe el nombre genérico de “Paciente” –quizá debido a su enorme capacidad para soportar el adiestramiento galénico, que convierte unas inútiles manos estudiantiles en “manos de médico”-. Mientras tanto, el Doctor le mira fijamente, esperando que aquel “parto intelectual” de como resultado: ¿Qué presenta el paciente?
En el ambiente se respira el olor del fracaso. El Estudiante dejan que sus ideas vuelen el espacio sepulcral de su conocimiento, tratando de ajustar la frase perfecta para decir: _¿Cual…cual es su… su nombre? Iniciando así el interrogatorio.
Habiendo leído la noche anterior todo lo que el libro de semiología explica sobre el qué, el cómo y el por qué de la historia clínica, las preguntas que deben ser formuladas resultan teóricamente simples; pero, ¿Quien podría explicarle a su cerebro, eso? ¿Cómo podría ignorar –además- esa maldita gota de frío sudor que recorre su frente?, haciéndolo sentir culpable de su lógica inexperiencia, de su incapacidad para ignorar la vigilante mirada de su profesor –convertido, ahora, en su verdugo-.
En cada pausa, fluyen en el caudal de su pensamiento, mil posibles preguntas que su “torpe boca” no acierta a pronunciar y después de decapitar tantas magníficas opciones, aparece una, la más inapropiada… justamente. Sus compañeros no ríen como solían hacerlo cuando era Raad quien cuestionaba, haciendo de una inapropiada respuesta una cómica situación; aquí no ríen, sus facies denotan algo muy cercano al miedo: Terror.
No encontrando más que decir da el interrogatorio por concluido. Las miradas de alivio no se dejan esperar y palmaditas de consolación son sentidas por la espalda de aquel estudiante. Sin embargo, para el Doctor, la cuestión no es tan fácil y así lo dejan ver sus preguntas que rebotan por la estéril convicción de nuestras respuestas ó van siendo pasadas uno a uno, regresando intactas a los oídos de nuestro interlocutor. Es aquí donde todos recordamos las tantas veces en que escondidos, perdidos en nuestro gran número de cincuenta estudiantes, evitábamos las preguntas difíciles para salir victoriosos con las que cada cual consideraba salvar su reputación. Mas, ahora, es diferente: ocho estudiantes, blancos vulnerables, nos queda imposible ocultarnos unos a otros, cosa que nos hace sentirnos derrotados de antemano.
Acabada mi primera, frustrante e inolvidable RONDA, me siento mejor; alegremente pienso que dentro de unos semestres y gracias al entrenamiento médico, podré –al igual que mi compañero- preguntar con algo más de firmeza: - ¿Cual… cual es su… su nombre?.
Por el momento, sólo escribo.
Ragde V. Manizales, 1985