viernes, 26 de octubre de 2007

Cuentos cortos 666-1


El Loco

El era un hombre joven, de apariencia humilde, de mirada cálida y tranquila; sus manos simétricamente heridas dejaban fluir un tenue hilo de sangre. Junto al altar contemplaba una imagen que no se le parecía.

El cura había llamado a la policía para sacar de allí al nuevo loco, que desde hacía dos días merodeaba por la iglesia; lo apresaron porque no opuso resistencia. Al salir se dirigió al obeso sacerdote diciéndole:
--¿De qué valen tus rezos si no puedes sentir la presencia de Dios en su templo?... no te diré que soy el Cristo con quien haces riqueza, es tarde para comprenderlo.

Y salió de la casa de sus padre, Dios eterno; fue conducido a una unidad mental donde sus doce apóstoles le esperaban sonriendo.

Ragde




Un estudiante, un perro...y una lección de antropología.


Sucedió uno de esos días en que me siento bien. Luego de escuchar una clase de antropología salí a casa emocionado. Caminé, cosa que suelo hacer para poner en claro mis ideas; quizá por mi locura o por esa manía de perderme en la aventura del pensamiento, se me ocurrió imaginar lo que sería del planeta si el hombre no fuese la criatura dominante. Las ideas que me invadieron giraban entre lo absurdo y lo cómico. Al cabo concluí que no importaba. Somos –me dije- la especie dominante del planeta y eso es lo que cuenta.


Llegué a mi casa y al abrir la puerta mi perro me esperaba, batiendo la cola en señal de juego. Lo acaricié, y sin poder dominar aquella idea que me roía hasta el último rincón de la mente, le hablé: -- Lo que se dice es cierto. ¡Yo, soy tu amo!. --inicié así, una improvisada disertación sobre la jerarquía animal-- siempre tratas de adaptarte a mí; sabes cuando digo, ¡No!; cuando digo: ¡Echate!, te echas; cuando digo: ¡Corre!, tu corres... pero, cuando dices: ¡Guau Guau!. ¿qué voy a saber, yo, que es lo que quieres?, ¿y sabes por qué?... porque tu debes aprender mi lenguaje y no yo, el tuyo... ¡Yo, mando!-- Al decirlo sentí un placer oculto, esa inexplicable sensación que sólo da el poder. Con gran emoción continúe: --Yo, leo periódicos, veo televisión, viajo en vehículos... y tu, te quedas en el suelo, o sales a orinar los postes de mi alumbrado público, hasta me bates la cola al saludarme. ¡AH! Me gustaría que pudieses hablar; aunque sólo fuese una vez, para saber ¿cómo te sientes?--.


Nunca imaginé que mi perro pudiese comprenderme y a nadie se le ocurriría semejante cosa; pero, sucedió. Supongo que mi “antropológica “ conversación y por el escaso jugueteo, mi perro decidió alejarse. Al hacerlo me miró burlón y pronunció:--¡Deja ya esa absurda palabrería y sírveme la comida... hoy estás insoportable!... No podía creerlo.. ¿mi perro hablaba!. Sorprendido, me arroje sobre el, sin embargo, fueron en vano todos mis intentos por hacerlo hablar nuevamente.


Recordé sus palabras y las mías. Triste y derrotado, con mi orgullo hecho trizas, le serví la comida. La comió y se echó a dormir... quise analizar las cosas con más calma; ya era hora de volver clase, así que me apresuré a salir.Al abrir la puerta llegó a mi lado y como siempre, en lenguaje de perro, me insinuó: ¡A Dios, amo!.


Ragde Manizales, julio de 1985




Queja


La mañana despierta al sentir la leve caricia de los rayos del sol. Comienza la difícil, debo decir, titánica tarea de levantarme: mis párpados niegan abrirse, mi piel se eriza al sentir el frío y he de empezar a maldecir. Superada esta tarea he de bañarme –no lo quiero recordar-. Así, bañado, desayunado y peinado llego al anfiteatro y en forma rutinaria me pongo la bata, para quedar uniformado y Diego no me saque de allí.


Llega el Doctor –por quien toda forma anatómica es conocida; así, que la toma, le da vueltas y lee mil cosas en ella escritas.


MI QUEJA: Al llegar al cadáver, todos, en una lucha campal, nos esforzamos por: al lado del Doctor, quedar. Explica, entonces, las relaciones, trayecto y dirección de la arteria Mayor. Hay exclamaciones, asombro y emoción. Todos, menos... yo; que por mi escaso tamaño nada alcanzo a mirar y aún parado en las bancas, tan solo batas blancas alcanzo a divisar. Acaba la clase el excelente profesor, todo queda aprendido y mañana es lección. ¿Qué voy a contestar, yo?


 Señor estudiante: ¿qué curso, trayecto y dirección tiene la arteria Mayor?


 No sé... Doctor.


 ¿Qué pasa? ¿Acaso no expliqué eso, yo?


 Si, Doctor. Pero, con tantas batas blancas, con tanta emoción... las nalgas de una compañera, sólo alcancé a ver, yo.


 Lo siento joven –dice conmovido el Doctor- pero que usted sea enano... no tengo la culpa, yo.



Ya ven ustedes el motivo de mi queja... ¡soy enano, señor! Me he quejado al cura, al profesor y al rector. La culpa no la tengo, tampoco, yo... ¿Será un defecto de fabricación?


Ragde. Manizales, mayo de 1984





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