martes, 30 de octubre de 2007

CUENTOS CORTOS/ RAGDE

Pecado


Es bella, sin lugar a dudas la mujer más bella que ha llegado a este pueblo. Sé que el alcalde la busca cuando el médico se ha ido al hospital; hay quienes dicen que es porque no encuentra otra cosa que hacer en medio de la nada; las beatas murmuran que no es ninguna santa. Aunque su vestir es recatado –porque también la he mirado- sé que un cuerpo arde en su interior.

Supe que vino a confesar sus pecados y el cura ha quedado muy preocupado. Lo sé porque soy el sacristán de la parroquia -algo tonto... pero no ciego- y no le pidió rezar veinte Avemarías, ni quince Padrenuestros... No, su falta es mucho más grave.

La sentenció a pasar una noche, desnuda, bajo su mirada severa; la mirada del único hombre que no puede poseer su cuerpo.

Ragde. Manizales, 1987




Llanto

Sentía que su cuerpo sufría en silencio. Como una noria, aquella experiencia se repetía una vez más...

Esa mañana, en la plaza, al salir del convento vio como la imagen de un niño se le acercaba; llego hacia sus brazos tendidos y recostado en su pecho, con su carita tierna le presionaba los senos. Así, el llanto de la criatura se transformó en sonrisa, justo en ese instante que le pareció una eternidad.

La madre del niño apareció entre la muchedumbre; al entregarlo, sintió que algo muy grande, le era arrebatado de su ser.

Aquella noche, por primera vez, lloraba y las lágrimas que rodaban por su rostro, al caer se confundían con su “otro llanto” que brotaba de su naturaleza de madre.

Ragde. Manizales 1987










Petición
A la memoria de mi tía Aura... que su Dios tenga en la gloria.


S eñor sacerdote, estoy sufriendo... Llevo en mi lecho de enferma dos meses, viendo como mi ser se desintegra; sintiendo la pena, el dolor, la desesperanza, el cansancio e incluso –creo- el fastidio de mis seres queridos.

Yo, que siempre creí en Dios, que hice a mis hijos conforme a su doctrina, que soporté mi pobreza con la resignación que es debida, que ayudé al necesitado y no envidié al prójimo; ahora le pido, por favor... por amor, que me ayude a morir. Cierre esas llaves; el oxígeno dejará de fluir, la droga dejará de sostener mi inútil agonía... y quédese a mi lado, en silencio.
No, no me dé su bendición... no se aleje de mí; sólo quiero descansar.

No se vaya, ayúdeme por el amor de Dios... No me deje.


Ragde Bogotá 2000







Tan cerca y tan lejos

A Gloria, mi esposa... quien aún llora mi muerte

Debe ser Domingo. Siento el sutil lamento de mis seres queridos, reconozco sus voces, sus pasos cerca de mi tumba, el aroma de las flores frescas... tan agradable, lástima que la mayor parte del tiempo deba soportar el pútrido olor de lo marchito, marchito como mi cuerpo que se descompone lentamente; Primero, los fétidos olores, luego las larvas que consumían mi carne dejando a las bacterias y hongos las sobras de mis despojos mortales.

Ella está aqui, bajo la sombra del gran árbol... Puedo sentir ese olor inconfundible de su piel, unas cuantas lágrimas cayendo sobre esa marmorea loza friamente gris y sus dedos recorriendo las letras del que otrora fuera mi nombre. Aún hoy, a pesar de los años, llora mi muerte.

También estoy aquí, tan cerca y tan lejos... No lo entiende, siempre se lo dije pero nunca me creyó; sin embargo, contempla el Cedro que se levanta en medio de este campo santo, le parece hermoso, imponente y peremne. No me reconoce... No sabe que parte de lo que fui ahora le pertenece a este árbol, del cual formo parte.



Ragde. Bogotá, 2007

viernes, 26 de octubre de 2007

Cuentos cortos 666-1


El Loco

El era un hombre joven, de apariencia humilde, de mirada cálida y tranquila; sus manos simétricamente heridas dejaban fluir un tenue hilo de sangre. Junto al altar contemplaba una imagen que no se le parecía.

El cura había llamado a la policía para sacar de allí al nuevo loco, que desde hacía dos días merodeaba por la iglesia; lo apresaron porque no opuso resistencia. Al salir se dirigió al obeso sacerdote diciéndole:
--¿De qué valen tus rezos si no puedes sentir la presencia de Dios en su templo?... no te diré que soy el Cristo con quien haces riqueza, es tarde para comprenderlo.

Y salió de la casa de sus padre, Dios eterno; fue conducido a una unidad mental donde sus doce apóstoles le esperaban sonriendo.

Ragde




Un estudiante, un perro...y una lección de antropología.


Sucedió uno de esos días en que me siento bien. Luego de escuchar una clase de antropología salí a casa emocionado. Caminé, cosa que suelo hacer para poner en claro mis ideas; quizá por mi locura o por esa manía de perderme en la aventura del pensamiento, se me ocurrió imaginar lo que sería del planeta si el hombre no fuese la criatura dominante. Las ideas que me invadieron giraban entre lo absurdo y lo cómico. Al cabo concluí que no importaba. Somos –me dije- la especie dominante del planeta y eso es lo que cuenta.


Llegué a mi casa y al abrir la puerta mi perro me esperaba, batiendo la cola en señal de juego. Lo acaricié, y sin poder dominar aquella idea que me roía hasta el último rincón de la mente, le hablé: -- Lo que se dice es cierto. ¡Yo, soy tu amo!. --inicié así, una improvisada disertación sobre la jerarquía animal-- siempre tratas de adaptarte a mí; sabes cuando digo, ¡No!; cuando digo: ¡Echate!, te echas; cuando digo: ¡Corre!, tu corres... pero, cuando dices: ¡Guau Guau!. ¿qué voy a saber, yo, que es lo que quieres?, ¿y sabes por qué?... porque tu debes aprender mi lenguaje y no yo, el tuyo... ¡Yo, mando!-- Al decirlo sentí un placer oculto, esa inexplicable sensación que sólo da el poder. Con gran emoción continúe: --Yo, leo periódicos, veo televisión, viajo en vehículos... y tu, te quedas en el suelo, o sales a orinar los postes de mi alumbrado público, hasta me bates la cola al saludarme. ¡AH! Me gustaría que pudieses hablar; aunque sólo fuese una vez, para saber ¿cómo te sientes?--.


Nunca imaginé que mi perro pudiese comprenderme y a nadie se le ocurriría semejante cosa; pero, sucedió. Supongo que mi “antropológica “ conversación y por el escaso jugueteo, mi perro decidió alejarse. Al hacerlo me miró burlón y pronunció:--¡Deja ya esa absurda palabrería y sírveme la comida... hoy estás insoportable!... No podía creerlo.. ¿mi perro hablaba!. Sorprendido, me arroje sobre el, sin embargo, fueron en vano todos mis intentos por hacerlo hablar nuevamente.


Recordé sus palabras y las mías. Triste y derrotado, con mi orgullo hecho trizas, le serví la comida. La comió y se echó a dormir... quise analizar las cosas con más calma; ya era hora de volver clase, así que me apresuré a salir.Al abrir la puerta llegó a mi lado y como siempre, en lenguaje de perro, me insinuó: ¡A Dios, amo!.


Ragde Manizales, julio de 1985




Queja


La mañana despierta al sentir la leve caricia de los rayos del sol. Comienza la difícil, debo decir, titánica tarea de levantarme: mis párpados niegan abrirse, mi piel se eriza al sentir el frío y he de empezar a maldecir. Superada esta tarea he de bañarme –no lo quiero recordar-. Así, bañado, desayunado y peinado llego al anfiteatro y en forma rutinaria me pongo la bata, para quedar uniformado y Diego no me saque de allí.


Llega el Doctor –por quien toda forma anatómica es conocida; así, que la toma, le da vueltas y lee mil cosas en ella escritas.


MI QUEJA: Al llegar al cadáver, todos, en una lucha campal, nos esforzamos por: al lado del Doctor, quedar. Explica, entonces, las relaciones, trayecto y dirección de la arteria Mayor. Hay exclamaciones, asombro y emoción. Todos, menos... yo; que por mi escaso tamaño nada alcanzo a mirar y aún parado en las bancas, tan solo batas blancas alcanzo a divisar. Acaba la clase el excelente profesor, todo queda aprendido y mañana es lección. ¿Qué voy a contestar, yo?


 Señor estudiante: ¿qué curso, trayecto y dirección tiene la arteria Mayor?


 No sé... Doctor.


 ¿Qué pasa? ¿Acaso no expliqué eso, yo?


 Si, Doctor. Pero, con tantas batas blancas, con tanta emoción... las nalgas de una compañera, sólo alcancé a ver, yo.


 Lo siento joven –dice conmovido el Doctor- pero que usted sea enano... no tengo la culpa, yo.



Ya ven ustedes el motivo de mi queja... ¡soy enano, señor! Me he quejado al cura, al profesor y al rector. La culpa no la tengo, tampoco, yo... ¿Será un defecto de fabricación?


Ragde. Manizales, mayo de 1984